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jueves, 13 de enero de 2011

Ortega, la materialización de la palabra ídolo

Innumerables discusiones se suceden a cada rato en torno a la idolatría de un jugador de fútbol. Los requisitos para alcanzarla varían según la tónica de los interlocutores y según los equipos donde esos jugadores se destacaron para lograr, al menos, que se genere el debate sobre su condición o no de estrella intocable. La súbita salida de Ariel Ortega de River por faltar al primer entrenamiento de la pretemporada demostró en hechos lo que muchas veces las palabras son incapaces de delimitar: qué es ser ídolo. El jujeño generó la movilización de miles de hinchas que se agolparon en la puerta del hotel marplatense donde el equipo se aloja durante la preparación de verano, para reclamar por su ausencia y pedir por su reintegro. Despotricaron contra el técnico, Juan José López, ejecutor de la maniobra quien dijo basta a las actitudes irresponsables del jugador por considerarlas “un mal ejemplo para los jóvenes que componen el plantel”. Los hinchas, el verdadero termómetro del fútbol, atiborraron los foros dejando sus mensajes de desazón y reprochando la medida, implorando que el presidente Daniel Pasarella terciara en la situación para que la camiseta número 10 siguiera teniendo a su último gran dueño como portador durante este 2011.

Lo más llamativo, y a su vez aquello que materializa del mejor modo la palabra ídolo, es el contexto en que se produjeron los hechos. Es que Ortega, quien efectivamente comenzó este año con un desvarío, tan habitual en él sobre el último tramo de su carrera, no tiene el derecho a la objeción. Su culpabilidad lo inmuniza al Negro López que reprimió a la inconducta con el alejamiento del jugador y contó además con el respaldo de Pasarella, que tan indulgente fue con Ortega durante su etapa de entrenador. Sin embargo, el sentimiento de la gente de River hacia el Burrito doblegó la racionalidad del cuerpo técnico y generó la sensación de un Ortega víctima. Eso es ser ídolo. Eso que en las discusiones muchas veces queda inconcluso o difuso debido a la subjetividad del tema, las sensaciones y el pensamiento positivo del público derivado de una actitud claramente reprensible de un jugador. Si el de los faltazos reiterados a las prácticas hubiese tenido otro apellido, ya hace tiempo estaría fuera del club. Con Ortega, con el ídolo, la situación se dilató hasta límites insostenibles, hasta el momento en que, a pesar de la sin razón, el amor se refuerza y el Burrito hasta desaparece de las conversaciones, porque ahora, el jugador pasa al campo de los indiscutidos.

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