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jueves, 24 de marzo de 2011

El partido que debía ganar Italia

Sólo había visto un partido de fútbol en su vida Benito Mussolini, líder y Primer ministro de la Italia fascista, que había tomado el poder en 1922, cuando tuvo la oportunidad de organizar el segundo Campeonato Mundial de Fútbol en 1934. Dos años antes, Suecia, sin justificar la decisión, había retirado su candidatura y le permitió a los italianos obtener unánimemente el derecho a ser anfitriones de la copa. El Gobierno de Mussolini aprovechó la masividad del fútbol para divulgar las ideas de un régimen centralista y autoritario. Se sirvió del certamen para mostrarle a lo suyos, y al mundo también, de que Italia era una país comprometido con el concepto de nación y que su modelo era la alternativa ideal a las mezquindades del liberalismo y las intromisiones del movimiento obrero. Y esa idea, esa imagen, tomaría mayor impulso si los campeones fueran los locales. Si los jugadores italianos, con la copa en brazos, le ofrendaran el triunfo a Mussolini con reverencias exageradas. Y así fue, como tenía que ser. Italia debía ganar la copa de la manera que sea, de cualquier modo. E Italia ganó, fue el segundo campeón del mundo, de cualquier modo.

Una de las diferencias que contempló aquel torneo con el anterior, Uruguay 1930, fue el formato de la competencia. Se suprimió la fase de grupos y se la reemplazó por dos llaves de eliminación directa. Es decir que, como fueron 16 los equipos participantes, el torneo comenzó desde octavos de final y no con 4 zonas de 4 equipos . En su primer juego Italia enfrentó a Estados Unidos, junto con Egipto que fue el primer equipo no europeo ni sudamericano en participar de un Mundial, la selección más débil del certamen. La Azzurra no tuvo problemas con los norteamericanos, los goleó 7 a 1 y accedió a cuartos de final para jugar ante España que había derrotado a los brasileños por 3 a 1.

El encuentro entre italianos y españoles es recordado como uno de los más bochornosos de la historia del fútbol. Duró 210 minutos. Comenzó el 31 de mayo en Florencia y terminó al día siguiente en la misma ciudad. La permisividad de los dos árbitros que intervinieron en el partido para con los jugadores locales y la imparcialidad en los fallos que perjudicaron notablemente a España denotan las presiones del Gobierno italiano para que se diera el triunfo de su selección, que finalmente se impuso 2 a 1.

En el estadio Berta se enfrentaron dos equipos en lo que comunmente se conoce como una final anticipada. Es que ambas selecciones habían mostrado un nivel de juego superlativo en los partidos de primera fase y eran candidatos a convertirse en el primer campeón europeo del mundo. Por Italia estaban Giusseppe Meazza, que fue el goleador del torneo, el delantero Angelo Schiavo y el argentino Raimundo "Mumo" Orsi. El mítico arquero Ricardo Zamora e Isidoro Lángara, que más tarde jugaría en San Lorenzo, eran dos de las figuras que tenía esa Selección española, considerada por muchos en ese país como la mejor de la historia pero que no pudo ante la injusticia, ante el lema de Mussolini de "vencer o morir" y ante esa guerra de patadas y puñetazos que el equipo local planteó amparado en el árbitraje. Requeiro, a los 31 minutos del primer tiempo puso en ventaja a los ibéricos, pero Ferrari, al límite del entretiempo empató el marcador después de que Schiavo agarrara a Zamora para impedirle descolgar el centro, no observado por el árbitro belga Louis Baert. El complemento transcurrió en medio de la violencia. España propuso e Italia, conocedor de que enfrentaba a un rival técnicamente superior, cortó con fouls desmedidos y actitudes antideportivas. Siete jugadores de la Furia no pudieron estar en el desempate al día siguiente: Ciriaco, Zamora, Lafuente, Iraragorri, Gorostiza, Fede y Lángara. El arquero, Zamora, se llevó la peor parte. Se fue de Italia con dos costillas fracturadas debido a un golpe de Monti que el árbitro ni siquiera señaló como infracción.

Las mismas imágenes se repitieron en el desempate. Otra vez Italia recurrió a las infracciones y otra vez contó con la connivencia arbitral. El suizo René Mercet dirigió uno de sus últimos partidos aquella tarde. Después del Mundial fue proscripto de por vida por la FIFA por su lamentable actuación. Es que vio cómo los locales lesionaron a Bosch, Chacho, Regueiro y Quincoces sin siquiera señalar falta. Precisamente los dos últimos anotaron dos goles que le hubieran bastado a los españoles para eliminar a Italia si no habrían sido anulados. La Selección local llegó al triunfo sobre el final del partido con un gol de Meazza después de que Demaría obstaculizara a Nogues, el reemplazante de Zamora, y le impidiera salir a cortar el centro.

Ganó Italia aquella batalla sucia. Fue el triunfo de Mussolini que desde el palco presidencial recibió la reverencia de sus jugadores, el puño derecho en alto, típico saludo fascista, después del triunfo, que se repetiría después de la final en la que Italia se impuso 2 a 1 a Checoslovaquia y consiguió la primera de sus cuatro copas mundiales. Otra pudo haber sido la historia si aquel torneo no hubiera estado viciado por los interes políticos del Gobierno italiano. Otro destino el de España, que recién en Sudáfrica, el año pasado, pudo consagrarse campeón del mundo. Aquel equipo de Zamora y compañía pagó caro el inoportunismo por toparse con un animal que encontró en aquel torneo el impulso justo para un ideal ominoso. Fue la víctima de honor de aquel partido de fútbol, el partido que debía ganar Italia.

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